
La terapia de pareja suele aparecer en la conversación cuando el desgaste ya es evidente, pero lo cierto es que muchas relaciones atraviesan conflictos profundos sin que eso signifique un fracaso. Las diferencias en la forma de comunicarse, los cambios vitales, el estrés laboral o la crianza pueden tensionar el vínculo más sólido. Entender cuándo pedir ayuda, qué esperar del proceso y cuáles son sus resultados reales es clave para tomar decisiones informadas y responsables.
La reciente mayor concienciación social sobre la salud mental está elevando el interés en realizar intervención psicológica en las relaciones de pareja, aunque es de resaltar que esto no tiene que implicar un trastorno en sí, sino la carencia de habilidades de resolución de conflictos, que terminan también por beneficiar nuestro bienestar.
Los conflictos no son una anomalía en la vida en pareja; son, en realidad, parte natural de cualquier relación íntima. Dos personas con historias, valores y necesidades distintas intentando construir un proyecto común inevitablemente chocarán en algún punto. El problema no es el conflicto en sí, sino cómo se gestiona.
La investigación en psicología relacional muestra que la mayoría de las parejas discuten por temas recurrentes: comunicación, dinero, reparto de tareas, sexualidad o relación con la familia extensa. Estos temas suelen reactivarse porque conectan con necesidades emocionales profundas como el reconocimiento, la seguridad o la autonomía (Lebow et al., 2020).
A veces, este tipo de problemáticas esconden otras más complejas, como si de la metáfora del iceberg se tratase, donde solo se ve la punta pero en el fondo existen otras dinámicas que hay que trabajar para evitar que se compliquen en el futuro.
No todas las crisis requieren terapia, pero existen señales claras que indican que la pareja podría beneficiarse de apoyo profesional:
Cuando estas señales se mantienen en el tiempo, la pareja suele entrar en un ciclo de frustración donde cada intento de arreglar las cosas termina empeorándolas. En ese punto, una mirada externa y especializada puede marcar la diferencia.
La terapia de pareja es un proceso psicológico estructurado en el que un profesional formado acompaña a ambas personas para comprender y modificar patrones relacionales que generan malestar. No se trata de buscar culpables ni de decidir quién tiene razón.
Contrario a algunos mitos, la terapia de pareja no es:
Sí es, en cambio, un espacio seguro para explorar emociones, necesidades y formas de interacción, con el objetivo de que la pareja pueda decidir cómo quiere relacionarse a partir de ahí.
En definitiva, de lo que se trata es de incorporar y aprender herramientas para mejorar las habilidades relacionales, comunicativas o de autocuidado, entre otras.
Aunque cada terapeuta y cada pareja son diferentes, la mayoría de los procesos siguen una estructura similar. En las primeras sesiones se evalúa la historia de la relación, los motivos de consulta y los objetivos de ambos miembros. Es fundamental que los dos estén mínimamente implicados en el proceso.
A partir de ahí, se trabajan aspectos como:
La evidencia científica respalda que la terapia de pareja funciona especialmente cuando se centra en cambiar patrones relacionales y no solo en resolver problemas puntuales. Un metaanálisis reciente señala mejoras significativas en satisfacción y estabilidad de la relación tras la intervención terapéutica, con efectos mantenidos en el tiempo (Lebow et al., 2020).
Durante el proceso, habrá altibajos, estancamientos y momentos de incomodidad por lo que se precisa de cierto compromiso de las partes para alcanzar los objetivos de pareja e individuales y avanzar.
Hablar de beneficios “realistas” implica huir de promesas grandilocuentes. La terapia de pareja no garantiza que la relación continúe, pero sí ofrece beneficios valiosos:
Estudios recientes sobre terapias basadas en la evidencia, como la Terapia Conductual Integrativa de Pareja, muestran que muchas parejas experimentan una reducción significativa del malestar y una mejora en la aceptación emocional del otro (Christensen et al., 2020).
Hay que ser realistas, y además, otra de las opciones que se pueden trabajar con asesoramiento psicológico es el cierre de la pareja que decide separarse, para así hacerlo de la manera menos traumática, mediada, que genere un buen ambiente entre ellos y fortalezca relaciones futuras.
Uno de los errores más comunes es esperar a que la relación esté “al límite” para pedir ayuda. La terapia puede ser especialmente efectiva cuando se inicia en fases tempranas del conflicto, antes de que el resentimiento se haya acumulado.
Es un buen momento para acudir cuando:
Pedir ayuda no es señal de debilidad, sino de compromiso con el bienestar emocional propio y del otro.
La terapia de pareja no debería verse como el último recurso, sino como una herramienta de cuidado relacional. En una cultura que valora la autosuficiencia, reconocer que necesitamos apoyo puede resultar incómodo, pero también profundamente transformador.
Asumir la responsabilidad emocional implica revisar cómo nos vinculamos, cómo comunicamos lo que sentimos y cómo gestionamos el conflicto. La terapia ofrece un espacio para hacerlo con acompañamiento profesional, rigor científico y humanidad.
Cuidar nuestras relaciones también es cuidarse a uno mismo.
Lebow, J. L., Chambers, A. L., Christensen, A., & Johnson, S. M. (2020). Research on the treatment of couple distress. Journal of Marital and Family Therapy, 46(3), 405–419. https://doi.org/10.1111/jmft.12404
Christensen, A., Doss, B. D., & Jacobson, N. S. (2020). Integrative behavioral couple therapy: A therapist’s guide to creating acceptance and change. W. W. Norton & Company.